Amy Winehouse, “Lioness: Hidden Treasure” (2011) – Decadencia desde el Más Allá

El pasado día 5 de Diciembre salió al mercado el disco póstumo de Amy Winehouse, y después de escucharlo me vino la siguiente reflexión: Jimi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain… son mitos del rockanrol por muchos motivos, pero también por su prematura muerte. Muerte que les salvó de las garras de la decadencia y mantuvo su genio intacto. Bien, pues parece que Salaam Remi y, sobre todo, Mark Ronson (responsables del sonido de este disco) han querido que la última obra con la firma de Winehouse sea patética.

¿Estamos, pues, ante algún tipo de oscura venganza? ¿A qué vienen esos arreglos de música ambiente de crucero? ¿Por qué dos consumados productores nos lanzan este disco más propio de “Vacaciones en el mar” que de una de las voces con más personalidad del siglo XXI? En la vida hay muchos enigmas y éste ni siquiera es uno de ellos, y además en este artículo tampoco lo vamos a resolver, pero sí analizaremos un poquito lo que ha pasado aquí.

Pero vamos con los datos. Aquí no se ha engañado a nadie. Todos sabíamos que “Lioness: Hidden Treasures” (2011) es un disco hecho a trozos, un pastiche de tomas a medio grabar y remezclas de canciones tanto de su primer disco “Frank” (2003) y del exitoso “Back to Black” (2006). Sabíamos también que Amy Winehouse había perdido parte de su poderosa voz por culpa de su mala vida. Pero al empezar a escuchar el disco me dio la sensación de estar en un guateque en un yate casposo lleno de cuarentones que se creen jóvenes. Sí, lo sé, alguno pensará que es un poco extraño que un disco trasmita estas sensaciones. También para mi fue raro. Pero la culpa es de los arreglos, nada más, por eso señalo directamente a estos dos productores, que parecen haber confundido el sonido soul de divas como Nina Simone (cuando realmente es imposible copiar este sonido) con el del smooth jazz de hilo musical de hotel. Y parece mentira que Mark Ronson haya caído en esto. Lo digo porque es uno de mis produtores-músicos favoritos, cuyo “Record Collection” me gustó tanto o más que “Version”, su primer disco. Por eso me da la sensación de que puede ser una especie de venganza, qué sé yo. El principio del disco es aterrador: la versión de “Our day will come”, de Ruby and The Romantics; “Between the cheats”, “Tears dry” (remezcla) y, sobre todo, “Will you still love me tomorrow”, cuyo sonido es terrorífico, hasta el punto que parece un midi de esos baratos. Imposible producir una canción peor, imposible concebir un ritmo tan malo. Y no lo entiendo porque esa misma canción la produjo Ronson para el exitoso “Back to Black” y lo hizo con mucha fuerza. La única explicación que le encuentro es que a veces uno intenta hacer cosas originales y diferentes y cuando sólo pretende esto se corre el riesgo de meter la pata hasta el fondo.

Claro, después de caer tan bajo, el resto del disco sólo tenía dos caminos: darle al stop y dejarlo para otro día o continuar sin ninguna esperanza. De ahí salió “Like Smoke”, con el rapero Nas, y esto me gustó más, aunque estoy un poco harto de que asocien el hip hop con el soul. Y “Valerie” ya sí que me gustó, aunque la original me gusta más. Entre paréntesis especifica ´68 version, y supongo que es porque tiene un sonido más sesentero que la del “Version”. Igual me gusta porque la canción es buena, sea como sea la versión. Recientemente leí una entrevista de El País a Tony Visconti (productor de David Bowie, John Lennon y Marc Bolan, entre otros) en la que decía que “una buena producción solo puede conseguir que una mala canción suene bien producida. Pero una mala producción puede hundir una buena canción”. Y eso es lo que pasa con “The Girl from Ipanema”: canción destrozada por todos, también por Amy, que termina con unos gorgoritos patéticos que mejor no describir.

A partir de ahí me animé. Empecé a notar ese soul melancólico que caracterizó la obra de Winehouse. “Half time” es un temazo escrito por la propia Amy, “Wake up alone”, “Body and soul” (junto a su ídolo Tony Bennett) y “A song for you”, me parecieron propias de un disco que trata de homenajear a un recién muerto. Lo anterior parece una broma o una venganza, o como decía al principio, parece que han convertido el disco póstumo de Amy Winehouse en el típico álbum decadente que todos los músicos acaban teniendo. Y cuando digo esto, asumámoslo, hasta nuestros músicos favoritos han metido la gamba en alguna ocasión. Y si no me creem escuchen alguno de los trabajos de Bob Dylan en los 80 o de los Rolling Stone de los 90. Respecto a Janis Joplin (seguro que alguno la echó de menos al principio del artículo) siempre me pareció decadente, desde su primer disco.

Conclusión: sí, vale, la vida de Amy Winehouse pudo ser patética y decadente (sobre todo cuando se subía a un escenario), pero sus dos discos nunca lo fueron. Tenían fuerza, carácter, molaban, sonaban compactos, bailongos, enérgicos… No hacía falta rendir tributo a esta cantante promoviendo un esperpento final en forma de disco.

Aquí os dejo un vídeo de la Winehouse en directo, por cierto, en el no tiene nada de patético.