Real Madrid está perdiendo la guerra cultural, por Sergio Levinsky

sergiolevinsky.com 

Perfil: Sergio Levinsky

Durante el pasado Mundial de Clubes, tuvimos la oportunidad de visitar la tienda “La Botica del Barça” del Marinos Town, la zona cercana al predio del Yokohama Marinos, en Tokio, donde el Barcelona vendió prácticamente todos los productos oficiales que puso en venta, y entre ellos apareció la nueva leyenda “Fútbol de Posesión”, término del que se apropió con gran sentido del marketing porque además, representa perfectamente el ideario del club desde hace varias décadas.

Este dato no es menor, porque si uno pasea por los parque es Buenos Aires, por la plaza del Down Town de cualquier país centroamericano o africano, se encontrará con algo parecido. La mayoría de las camisetas que verá serán las azulgranas del Barcelona y casi siempre, las del diseño correspondiente a la última temporada.

¿Por qué ocurre esto, de que el Barcelona se transformó en un fenómeno global, planetario, y nada de eso ocurre con el Real Madrid, que hoy se encuentra en un nivel infinitamente menor en la competencia? Podría decirse rápidamente como respuesta, que los títulos obtenidos por los catalanes influyeron mucho, o el deslumbrante juego del equipo, o el genio del argentino Lionel Messi, o la conducta ética de su entrenador Josep Guardiola, o todo junto tal vez.

Pero si la pregunta va orientada al Real Madrid y su incapacidad de conectar con tanta gente de tantos lugares del mundo, la respuesta es más clara y directa: el tema no pasa por su juego (muchas veces bello, o efectivo, sólido, con grandes estrellas y hasta, para muchos, el equipo con mayor capacidad para discutir los títulos del Barcelona) sino por su conducta fuera de lugar, por momentos hasta muy irritante, hasta convertirse en buen modo, por oposición a su gran rival, en el malo de la película.

Seguramente estos últimos años han generado muchas molestias para el club blanco, pero si alguno pudo observar el pasado miércoles el partido jugado ante el Villarreal, más allá del sorpresivo empate final ante un rival que en esta temporada no da para más que la pelea por no descender a Segunda, podrá entender por qué el Real Madrid no despierta simpatía.

Por un lado, a estas horas la prensa madrileña suma quejas permanentes contra un arbitraje como el de Paradas Romero, que si tuvo algo en particular fue el mal desempeño en lo técnico, pero puede recordarse que no cobró dos penales claros para el Villarreal, que debió expulsar a Altintop por tres faltas graves y evidentes, y sin embargo, todo eso pasa al lugar del detalle y se coloca como principal, que en el tiro libre del final de Marcos Senna, no hubo falta previa, o que las expulsiones a Özil, Ramos, Mourinho y su ayudante Rui Faría en el banco de suplentes, fueron exageradas, y más aún se recargaron las tintas cuando se supo que en el acta también figuraba una sanción a Pepe por haberlo insultado ya en el túnel hacia los vestuarios y no aparece nada sobre Cristiano Ronaldo, que no sólo hizo el símbolo del robo con la mano, sino que se retiró del estadio diciendo “Robar, sólo robar”.

Resulta llamativo cómo en apenas dos años, el entrenador José Mourinho, que sin dudas es uno de los mejores del mundo, capaz de encontrar un funcionamiento como hace años que no se notaba en el equipo, consiguió que aceptaran sus premisas desde la dirigencia del club, pasando por la afición, los colaboradores y hasta la propia prensa, en su gran mayoría.

Desde la prensa madrileña, acostumbrada a sostener a su equipo contra viento y marea, se ha llegado a justificaciones insólitas de acciones imposibles de defender (como la del dedo en el ojo de Mourinho a Tito Vilanova en el clásico de la temporada pasada, las reacciones intemperantes de Pepe o Ramos, los gestos de Mourinho, el no hablar con la prensa cuando los resultados no son positivos), con una llamativa ceguera.

Muy buena parte de la afición del Santiago Bernabeu solamente saltó cuando ya el planteo ante el Barcelona por la reciente Copa del Rey fue demasiado precavido, pero otra vez volvió a llamarse a silencio cuando algunos resultados acompañaron, y cuando los Ultrasur más violentos y profesionales, invadieron todo de cánticos a favor del entrenador portugués. Ni siquiera la alusión de Eladio Paramés, vocero de Mourinho, acerca de que parecía que el CSKA de Moscú era local en el estadio Santiago Bernabeu por la falta de aliento local, logró operar como revulsivo. En todo caso, silencio o indiferencia como respuesta.

El caso de los colaboradores más estrechos, es más difícil de descifrar. Se comprende que el entrenador lleve a todas partes a su gente, pero el clima que se fue generando alrededor del cuerpo técnico es injustificable.

El esperpento del momento de la expulsión de Mourinho en Villarreal, cuando Paradas Romero se acercó al banco de suplentes para expulsarlo por aplaudirlo en un fallo, y su ayudante Karanka se interpuso para pedirle con desesperación que lo mejor era que lo expulsaran a él mismo y no al portugués, es una muestra más de una obediencia y una lealtad que roza el ridículo, algo parecido, aunque busca afanosamente colocarse en un segundo plano, con Chendo.

Tanto Karanka como Chendo han jugado varios años en el Real Madrid, y resulta sorprendente que los dos, al igual que el director deportivo Emilio Butragueño, no renuncien y acepten formar parte de este espiral que conduce al precipicio y bastardea una imagen ganada con esfuerzo, trabajo y constancia de años de participar en distintos planteles.

Pero mucho peor aún, en esta escala, es lo que ocurre con el presidente Florentino Pérez, un empresario exitoso que no necesita llegar a este punto, y que contrariamente a toda su carrera anterior, desde la llegada de Mourinho al Real Madrid, le ha aceptado planteos y acciones increíbles, desde sugerir y luego presionar por la salida de Jorge Valdano, de un cargo muy superior al suyo, hasta quedarse con la jefatura de prensa real y hasta colocar al agente compatriota Jorge Mendes como amo y señor, al punto de pasearse a veces por el túnel cuando el equipo está a punto de salir a la cancha.

Lo extraño del caso es que pareciera que ninguno de los actores mencionados, en Madrid, se diera cuenta del daño hacia afuera (cuando también debiera ser hacia adentro) que generan estas acciones del Real Madrid, que aunque pueda ganar la Liga, la Champions League, o ambas, está perdiendo, y por goleada, la guerra cultural con el Barcelona y en el mundo entero.

MÁS ARTÍCULOS DE SERGIO LEVINSKY