“Él”, por Martín Epstein

Perfil: Martín Epstein

Un tal Descartes comenzó (dicen que lo planeó en solitario, frente a una estufa), hace unos cuantos años ya. Lo quitó de escena – o tal vez no tanto, pero le quitó el papel central, eso seguro. Luego, pocas noticias tenemos de él (no de Descartes). Se lo nombra aquí o allá, pero ya parece de capa caída.
Nietzsche, un alemán, lo vuelve a nombrar asegurando que ha muerto. Pero, ¿quién lo mató?. El por qué, poco me interesa. Mi curiosidad era quién. Eso me desvelaba. Tal vez, luego de saber quién, me desvelaría saber por qué. Pues bien, viajé hacia Alemania, puesto que era la tierra de Nietzsche (ya dije que era alemán) y éste aseguraba su defunción. Anduve de arriba abajo, sin saber muy bien dónde buscar. Por casualidad fui a dar a una librería de usados, en Heidelberg, de esas en las que también se pueden encontrar viejos periódicos. No recuerdo qué había entrado a comprar, o si había, simplemente, entrado a echar una ojeada (nunca puedo resistir la tentación de entrar en una librería, es más fuerte que yo; y generalmente, siempre termino comprando algún libro). Allí, en la librería, mirando y revolviendo, encontré un pequeño periódico de Freiburg. Por curiosidad me puse a leerlo. Era del 25 de octubre de 1812. En una de las últimas páginas vi un titular que me llamó la atención: “Joven nihilista acusado de asesinar a un anciano”. Aquellos que dicen haberlo visto a él, lo describen como un anciano, así que tal vez fue eso lo que me llamó la atención (sumado a la palabra nihilista). La noticia explicaba que un anciano (como ya anunciaba el titular) de gran barba blanca y con aspecto cansado había discutido acaloradamente (no aclaraba el motivo de la discusión) con un joven nihilista (el mismo del titular) en una taberna de Freiburg. Aparentemente, el viejo se había marchado y el joven se había quedado unos minutos más, para salir luego. Los parroquianos decían haberlo visto muy alterado al momento de la partida. Eso ocurrió alrededor de las 22.30, según relatan los clientes de la taberna. A las 24.05 el dueño del establecimiento cerró las puertas y salió. Antes de emprender el camino a su domicilio, se desvió a un baldío cercano a tirar unos cajones. Fue ahí cuando encontró al viejo muerto. Un puñal clavado en el pecho. El nombre del joven se mantenía en el anonimato debido al secreto de sumario. El viejo se hacía llamar Él, aunque nadie conocía su nombre. Nada más decía el artículo.
Me fui rápidamente para Freiburg (hermosa ciudad, pero no la pude apreciar, pues mi búsqueda todo lo nublaba). Nada pude sacar en claro. Allí se desvanecían todas las pistas. Nadie sabía quién era el viejo. Nadie recordaba aquel asesinato. Nada.
Anduve visitando algunas organizaciones que dicen estar en contacto con él: estuve en algunas de sus oficinas, donde pude ver a personas monologando (casi zumbando, en algunos casos) – algunas arrodilladas, otras sentadas y con la mirada perdida en el techo, otros con los ojos cerrados (“Técnicas”, supuse) – pero que no me parecía que tuvieran mucha idea de qué había sido de aquél que se hacía llamar Él. Los funcionarios de estas organizaciones no se ponían de acuerdo: en cada organización tenían versiones muy distintas y me aseguraban que eran los únicos que se comunicaban con él. Así que no me quedaba claro si él era Él o si Él era él. En fin, que no encontraba ningún rastro de él (el del principio, ése que Descartes… descentró, y que Nietzsche aseguraba estaba muerto).
Volví a Buenos Aires con las manos vacías, más confundido que al principio y muy desilusionado. Me consolaba diciéndome que por lo menos había viajado un poco, me había desenchufado de la realidad agobiante.

Unas semanas después, entré en un bar de la calle Arenales. Me senté en la barra, justo al lado de un viejo que llevaba una larga barba blanca y lucía muy cansado. El televisor estaba encendido con el volumen muy bajo. Miré al viejo con sorpresa y algo de temor mientras él le daba el último trago a un vaso opaco. “Poneme un poquito más de tintillo de la casa”, pidió el viejo. Le llenaron el vaso. “Haceme el favor de subir el volumen de la televisión que van a decir algo de Él”, ordenó. El “Él” lo marcó, y cuando lo dijo me tiró una mirada cómplice. Yo le sonreí algo nervioso y clavé la vista en el televisor.
“La salud del astro – informaba el periodista, desde la Clínica y Maternidad Suizo Argentina – es delicada; aunque los galenos informaron hace instantes que pasó una noche tranquila. De todas formas, siempre según fuentes médicas, es muy pronto para hablar de estabilidad”, continuaba el reportero. “Sus seguidores se encuentran rezando por Él y brindándole su apoyo. Hay una guardia permanente frente a este nosocomio”. Y alguna que otra pavada de relleno para despedirse con un “todos hacemos fuerza por Él, que tanto nos dio, que tantas alegrías supo regalarnos en medio del sufrimiento de este pueblo, Su pueblo, de esta Nación, la que lo vio nacer”.
Quedé mudo. Era verdad eso que se decía medio en broma: Él era argentino. Y… entonces ese Él, el del diario de Freiburg, era simplemente él. Él estaba agonizando en una clínica en Buenos Aires. Y yo tanta vuelta, tanto viaje… Siempre había estado frente a mis narices. El viejo que estaba a mi lado levantó el vaso, como brindando el con el televisor (la imagen seguía en la Clínica, mostrando a los fieles del astro, Sus fieles) y se mandó un trago largo al buche. Yo pagué mi cerveza y me fui. Corrí por Arenales rumbo a Pueyrredón. Al rato llegué a la Clínica, turbado (por la reciente revelación) y exhausto (el cigarrillo me va a matar el día menos pensado). “Tanto viaje al pedo”, me reprochaba para mis adentros. Todo el tiempo estuvo allí, delante de mis ojos… ¡Pero las veces que lo habré nombrado en charlas de café! Claro… Él Diego… cómo se me había pasado semejante obviedad.

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