“Los Indignados (una cuenta atrás)”, capítulo 50

CAPÍTULO 50

Un borracho se acerca a una señorita. La mira. Da una vuelta a su alrededor. La señorita baja la cabeza, se sonroja. La verdad es que empieza a indignarse. El borracho no comprende y no le importa manifestar su posición. La señorita busca auxilio en miradas a cómplices anónimos de la calle. Pasan de ella. El borracho se rasca la cabeza, está expresando sus sensaciones completamente desinhibido. Un anciano, jubilado, con gorra y pantuflas de estar por casa entra en escena. Se aburre. Intercede en la situación. Pregunta y es ignorado. “¿Le está molestando este hombre?” pregunta insistente el abuelo pantufla. Como se ha parado uno, el abuelo, comienza a pararse más gente, toda muy indignada, por supuesto. Todos gritan. El abuelo intenta coger al borracho por la cintura. El borracho cae al suelo inconsciente. Un viandante indignado llama a la policía. Llegan los bomberos, las ambulancias, los policías y el ejército construyendo una mega-estructura de titanio reforzado. Helicópteros y llamas. La policía, indignada, empieza pegar tiros. Cuerpos sin vida caen sobre el asfalto. Humo y más humo, barriles de petróleo son volcados sin cesar por ciudadanos alarmados e indignados. El caos se apodera de las calles: miles de automóviles colisionan entre sí organizando una inmensa marea metálica. Empresarios armados se atrincheran en cabinas de teléfono protegiendo sus intereses fiscales. Arriba, en los pisos más altos de las viviendas, dos hombres no pueden soportar la polémica e, indignados, se suicidan. Alguien que, evidentemente, ha perdido el juicio abre las puertas de todos los animales del zoológico. Grita, grita y es devorado por un tigre de bengala. Ríos de gente asaltan comercios y estancos. Los dueños vierten NAPALM por las aceras. Los bomberos se han cansado de que su trabajo no sirva para nada y comienzan a destruir sin piedad buzones y señales de tráfico. El abuelo pantufla atraviesa la línea de fuego de los empresarios preocupado por su pensión. Los demás jubilados lo ven, se exaltan y se colocan sus máscaras anti-gas. El sónar del ejército descubre un grupo de gente que no se ha enterado de nada y les lanzan un misil tierra-aire. Las familias de todos éstos se indignan, como es natural, y salen a la calle armados con palos y baterías anti-aéreas. El presidente del gobierno, enormemente alarmado, sale a la calle y es arrasado por una manada de rinocerontes. El ruido de los derrapes de los coches se funde con los berridos febriles de los mandriles atemorizados pero hambrientos. Un profesor de universidad trata de poner orden y es alcanzado por una flecha en el coxis. El ejército evacua a la población civil a base de bombas. Un elefante intenta copular con un tanque. Madres indignadas tapan los ojos de sus hijos. Un bombero, nostálgico y sentimental, acude corriendo a salvar a una cría de jaguar. Sus compañeros, ante tal acto de sumisión, cobardía, negligencia, traición y un montón de palabras parecidas, aunque se puede resumir en una idea: indignados; le atacan salvajemente con cáscaras de pipas y colillas. Las enfermeras salen corriendo de los hospitales, se desnudan y piden a todo hombre que le haga el amor. Pero, no se engañen, esto es mentira, esto no pasa ni en una situación como ésta. Después se hace de noche, de repente, sin venir a cuento. Y comienzan a caer rayos, lluvia, granizo. Aumenta el caos: mares de gente corriendo por todas partes, múltiples explosiones de toda clase, gorilas conduciendo autobuses escolares; gritos, sobre todo, gritos “Ah, ah, ah…” y exclamaciones “Oh, oh, oh” y cortocircuitos, inundaciones, eclipses. Líneas de tren con retraso, plazas y parques pasto de llamas. Ministros y subdelegados de gobierno dimiten aquí y allí. El ejército le declara la guerra al cielo además de contener a los rebeldes vecinos indignados. El borracho, que nos habíamos olvidado de él tanto como él de sí mismo, recupera la conciencia y mira su reloj. La policía comienza a tomar pruebas minuciosas para aclarar los hechos. Hordas de sacerdotes asaltan prostíbulos y destilerías. Una mujer gorda sufre profundos pinchazos atacada por un bombero armado con un palillo. El anciano pantufla se arrastra entre neumáticos ardiendo que caen por las calles cuando se encuentra con su nieta. “¡Qué horror! ¿Qué es esto? ¡No lo puedo creer! ¡Es indignante!” y bla, bla, bla… fue lo que se dijeron. Un psicópata violento y depravado se esconde bajo un portal muerto de miedo cuando un empresario atrincherado en un cajero automático dispara al aire con su ametralladora automática mientras de rodillas jura lealtad a los tipos de interés. El profesor se retuerce de dolor en el suelo pero piensa “no hay respeto” “no hay educación” “se han perdido los valores” y todo eso. Finalmente cae un rayo inmenso o una bomba nuclear o una intervención divina o algo enrome y lleno de luces por todas partes, y hay una explosión gigantesca; algo completamente desmedido, escandaloso e indignante.

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