“El sentido de la noche”, por Martín Epstein

Perfil: Martín Epstein

La batería suena con inconfundible ritmo de jazz. La luz es tenue, apenas un hilo que viaja entre las mesas del bar. El humo crea un ambiente mágico, casi secreto, en el cual apenas se ve la mesa vecina. Un tipo, encorvado sobre el bajo, golpea las cuerdas marcando un compás que hace mover las miradas del público, como si las pupilas bailaran, como si rebotaran. Otro tipo, también encorvado, le roba sonidos al piano. Y hay más: otro abraza un saxofón, lo acaricia, le suplica notas de noche. En las mesas hay copas de vino y algún whisky que se va aguando entre las perlas de hielo. El cantinero, apoyado sobre la barra con sus codos, mira embelesado el paisaje trasnochado que escriben los pentagramas improvisados por cuatro almas que se dignan a regalarle mordiscos hurtados a la luna. Sobrevuelan el local los que siguen besando oídos. De tanto en tanto, un comentario que es murmullo intenta manifestar con palabras lo que los músicos salpican sobre el público.
Una muchacha mueve sus largas piernas lascivas. Un hombre de unos cincuenta años mira a la muchacha con deseo. Otro nota la dirección de la mirada del hombre y sonríe. Afuera llueve; y mucho. Las gotas golpean la piel de la ciudad. Adentro los músicos juegan con el alma de los parroquianos. Mañana no importa porque el jazz obsequia sentido entre las paredes del bar. Una copa cae al suelo. Una voz casi muda pide otra botella de cabernet sauvignon. Dos miradas se encuentran: dos cuerpos se conocerán. La noche se apaga con el último acorde, justo cuando el amanecer araña los cimientos del ayer. Un tipo camina por la ciudad vacía y húmeda esquivando, cuando puede, los charcos que dejó la lluvia. Cuando llegue a su casa vomitará.
Alguien va a buscar el diario del domingo. No tiene ni idea de que la noche anterior la vida tuvo algún sentido en un bar que no conoce.

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