“Los Indignados (una cuenta atrás)”, capítulo 49

CAPÍTULO 49

Bueno, rápidamente aclararemos la situación: la onda de expansión de la inmensa bomba, o lo que fuera, ha creado en el centro de la ciudad de Bergoña una perfecta circunferencia de cinco kilómetros aproximadamente de terreno asolado. No me pregunten cómo, pero ha habido supervivientes. Salieron disparados hacia los peores barrios de la ciudad.
En una fría calle, pues el tiempo había tornado en oscura tempestad durante pleno verano, acurrucado entre viejos restos de periódicos y con botella de vodka en mano, el borracho trata de pasar sus últimos años de vida. Está podrido, pero todavía le quedan muchos años por vivir. Se aferra a una idea, a un destino… encontrar a su madre. Aquella pobre ancianita postrada sobre un sillón, postergada a una vida minusválida. Durante años había el borracho cumplido con todos los recados y tareas que su anciana madre le procuraba. Sin embargo, aquella enfermedad, aquel trastorno psico-genético que le habían diagnosticado los doctores, aquella huella imborrable en su vida, le obligaba a tomar diariamente su medicina: el vodka. O, al menos, eso es lo que creía él.
Restos de NAPALM flotan nostálgicamente sobre su perdida mirada, cuando dos gotas de agua tóxica caen al compás de Paquito El Chocolatero. El pobre borracho a duras penas soporta el frío, pero sólo la idea de pensar cuán lejos se halla su pobre y desamparada madre hace que le salten lágrimas heladas.
Sin embargo, del frío invernal pareció surgir una brisa marina, cálida y acogedora como el manto de una abuela, y tornó de nuevo el clima, produciéndose esta vez una sensación tropical verdaderamente agradable. El borracho pareció recuperar energías y se terminó de un trago el resto de la botella. Se animó a caminar complacido por una repentina risa injustificada.
No muy lejos de allí, bajo una lluvia torrencial, el abuelo y su nieta se estorban mutuamente tratando de buscarse entre una maleza que brotó espontáneamente.
— Nieta… nieta… ¿Dónde estás?
— Aquí abuelo, aquí mismo.
El abuelo ha perdido sus gafas y se enfada mucho. Luego cuenta una historia aburridísima sobre el origen y los milagros curativos de las mismas. Ella asiente e ignora a su abuelo que no hace más que refunfuñar:
— ¿Tú crees que hay derecho? ¿Eh? Dime ¿Crees que hay derecho a tratar así a una persona mayor… a un anciano de la comunidad? ¿Eh? Todos los años pago rigurosamente mis impuestos y sólo exijo un poco de seguridad ciudadana. ¿Es mucho pedir? Ah, yo me acuerdo cuando nosotros dirigíamos el mundo. ¿Sabes lo que te digo? ¿Eh? Las cosas eran diferentes… Mi nieta, hemos de dar gracias a Súper de que sigamos vivos.
Y no podemos olvidarnos de nuestro querido bombero solitario. Tras largas horas de dura persecución, en la que sus terriblemente indignados compañeros le atacaban con naipes y sellos en circulación, nuestro querido bombero solitario ha conseguido zafarse de la angustiosa caza ocultándose entre una manada de cebras. Éstas destruían cuanto parque se encontraban con malicia y a propósito.
El bombero se llama Sal-Sa. Entró en el cuerpo por una chica, pero, ¡mala suerte!, se había equivocado y en realidad era un hombre. A partir de aquí los dados estaban echados, sólo restaban dos opciones: volver a la granja con su padre o hacerse homosexual. Finalmente se decidió por quedarse en el cuerpo, aunque nunca llegó a indignarse por completo en su trabajo y sus compañeros siempre se lo echaban en cara: “Sal, nunca tendrá la posibilidad de ascender mientras no se esfuerce más por indignarse”.
Ahora abre lentamente la cremallera de su mochila. Allí asoman dos inocentes ojitos de cría de jaguar. Le rasca suavemente la cabeza mientras el animalillo se relame sus heridas después de la terrible batalla. “No hay futuro”, piensa, “nunca dejarán de perseguirme… Sólo tú eres mi opción. Sólo si cuando vienen a atraparme has crecido lo suficiente para defenderme. Te cuidaré siempre para que me protejas un día… no es mal trato ¿verdad?”. Pobre hombre. A todos nos gustan las historias bonitas de fidelidad y unión espiritual hasta la Muerte, el Más Allá y la Gran Hostia y el día en que el Repartidor de Collejas pondrá justicia en este cruel mundo. Pero no, porque ya verán, y luego no podrán reprocharme nada, que el inocente felino, a la hora de la verdad, huirá cual cobarde. No se le puede pedir nada, a fin de cuentas no es más que un animal.
La cuestión está, y voy a desvincularme un poco de la historia, en que todos nosotros y la mayoría de los personajes tendemos a engañarnos, autosugestionarnos con un fin que no es otro que el de la necesidad de tener razón. Está muy bien y es muy bonito, bravo, bravo, aplaudo lo que haga falta… Pero no seré yo quien colabore con esa especie de resignación nostálgica que se deposita bajo el desdichado sobrenombre de ilusión, sueño o esperanza. Aquí va a haber realidad como puños, sí… auténtico realismo, una enorme losa de objetividad y ¡pum! ¡plash! Esto, señores, va a ser peor que un telediario, eso sí, también habrá tiempo para comentarios divertidos (ji, ji…), simpáticas anécdotas y demás momentos desenfadados que serán avisados con antelación. ¡Bah!

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