“El tango”, por Martín Epstein

Perfil: Martín Epstein

El tango… es como una despedida eterna, irreparable, irrevocable. Con su olor a olvido sepia, humedad, trasnoches de esas que duelen al día siguiente; con su sabor a dolor mal masticado, indigesto. Esas voces que rozan en una púa que ya no existe, en el vinilo que rueda como una luna por calles empedradas custodiadas por altos plátanos que transpiran verano. Lo escucho de noche en noche, cuando mis penas, que son muchas, pero con las que aprendí a convivir en silencio, sin cuestionarles sus sombras, sus descuidos, me dejan una pava caliente y un mate en el rincón que hay entre las 2 y las 3 de la mañana, cuando los ruidos son suaves silbidos de viento, lluvia, soledad. Sólo en esos instantes sin piedad puedo soportar que Edmundo Rivero me diga su voz, que Troilo me cuente de fuelles, que el Polaco tosa sus cigarrillos. Me permito asomarme a retazos de infancia en Baigorria, a una adolescencia de privaciones en la Capital, a unos romances pagados en la fugacidad de las piernas de la Gitana o de Eleonor, no importaba el nombre, sino las piernas de la ciudad que se abrían unos instantes sólo para mí. Las noches con Debenedetti, pateando por Corrientes, mirando las luces y las pintas, imaginando el interior de los teatros, oliendo los cafés y los humos que los bolsillos nos prohibían; soñando, delirando entre pitada y pitada de unos cigarrillos negros que comprábamos en el puerto por unas pocas monedas. Cómo estirábamos esos momentos, esos paseos, esas charlas, hasta el filo del amanecer, cuando los canillitas, a los gritos, nos despertaban de las imágenes de que nos habíamos rodeado con titulares tan ajenos a nosotros como esa ciudad que nunca nos terminó de aceptar, que nos obligó a rodar, como peregrinos por sus barrios, insinuándose, conquistándonos, para negarnos el regalo de su cuerpo esquivo, vendido al mejor postor; prostituyendo su conciencia a los apellidos rancios, con olor a campo y a sangre.
Los domingos callábamos nuestros pasos por Pompeya; flotábamos a la hora de la siesta por calles que no tenían nada para ofrecer, paredones grises a los que el moho se los iba comiendo sin piedad. Debenedetti bostezaba, yo silbaba alguna melodía; los dos mirábamos a las jovencitas que esquivaban nuestros presentes, los futuros que teníamos para ofertar. El lunes moríamos un poco más: él en una escribanía donde llevaba y traía papeles; yo llenando páginas con números prestados para un contador que había nacido viejo. Al atardecer comíamos en silencio en el bodegón de Mateo, en La Boca, mezclando bocados de bronca y resignación entre la comida, bebiéndonos un vino aguado. Con el café nos contábamos mentiras que nos ayudaban a llegar al fin de semana.
Debenedetti se fue en una borrachera. Nos despedimos una nochecita en Lavalle y Junín, y nunca más nos vimos. En la pensión de la calle Moreno me dijeron que un camión se lo había llevado por delante, como el destino que le había tocado. No lo lloré porque no sabía cómo se lloraba a un compañero de soledades.
Ahora lo veo todo tan lejano, tan borroso. Ya no recuerdo su rostro – de hecho, no sé si alguna vez lo miré a los ojos: cada uno hablaba para sí, el otro era una excusa a la locura que temíamos; sólo a veces nuestros monólogos parecían una conversación.
Anduve algunos años buscando su voz por Corrientes, en la plaza Dorrego. Mas sólo encontraba restos de palabras sueltas, como aleteos de palomas alborotadas, como jirones de un viejo barrilete que le hace guiños al viento, envalentonado en la derrota irremediable. Mucho más tarde, hace instantes, comprendí que pocas veces se encuentran dos soledades, dos pobrezas, que pocas veces se dejan escuchar.
Las mujeres me siguieron esquivando, como si hubiesen olido la desgracia que traía a cuestas, una fatalidad sin originalidad alguna. Tampoco hice mucho por conquistar unos labios, mucho menos una sensibilidad; y luego, con el tiempo y las mañas y el escaparate de posibilidades de pechos caídos, desistí, acepté el destino como algo ajeno a mi elección.
Y acá estoy, mirando vidas desde un banco – siempre el mismo – de plaza. Compadeciendo en silencio rostros en serie que escupen las oficinas a las cinco de la tarde, cuerpos que escupió la sociedad y que se juntan a los costados de las veredas, plazas, miradas. Me veo hace años, cruzando esta misma plaza, con el mismo rostro que llevan todos, ese número de serie tallado en el gesto, en la postura. Hombres y mujeres, mezclados en un pastiche de monotonías calcadas, de gambetas que no terminan bien. Cuando me canso, me estiro hasta el café de la esquina, pido una caña, unas pocas aceitunas y el diario. Con el calor del primer trago vuelvo a Baigorria, a la calle larga, de tierra suelta, que me tentaba con insinuaciones, con promesas de victorias, trajes caros. Y la voz de mi vieja llamándome para almorzar; el olor de los tilos … Y entonces me permito un tango que le pido a la memoria. Y yiro, yiro; me voy un poquito más, hurtándome del café, de los rostros y el destino que son todos el mismo. Y entro en un teatro de Corrientes, enfundado entre las tetas de la Merello y las envidias de los mirones, las calles de rostros. Siempre vuelvo a la mesa del café, aterrizo de golpe. Pero estoy planeando una huida definitiva. Sólo me falta un buen tango, unos cuantos recuerdos, sueños, y la voluntad de arrancarme de este cuerpo. Busco. Busco.

Más artículos de MARTIN EPSTEIN