“Los Indignados (una cuenta atrás)”, capítulo 47

CAPÍTULO 47

Mientras esto sucede en la gran ciudad, lejos… muy lejos de allí, en plena paz y sosiego del campo y la naturaleza idealizada y divinizada, dos campesinos conversan del tiempo, la cosecha y demás temas insoportables. Uno de ellos masca una ramita y se lleva las manos a la boina por el simple vicio que tiene de hacerlo. El otro no tiene pudor en mostrar una complacida sonrisa en sus labios, que no sus dientes, porque no tiene ni uno.

— ¿Sabes una cosa? Estoy feliz… sí… muy feliz. Mañana mi hija, mi única hija, la bellísima Clara, se casa con un gran señor de la ciudad. Un gran y prestigioso profesor de la Universidad de Chorizorg. En realidad no se conocen salvo por correspondencia. En fin, es algo muy moderno, no sé qué de una fundación… Cuando yo era joven tenías que sacar a la chica a bailar en las fiestas y ya era tuya… para toda la vida. Pero… ¡Qué más da! Ella es feliz… Y si ella es feliz, yo soy feliz. No hay mayor felicidad para un padre que ver a su única hija, insisto, única hija contraer matrimonio con un hombre hecho y derecho, con provenir y futuro… un apartamento en un buen barrio de la ciudad…
— Sí —dice el otro mostrando dos de sus dientes: uno verde y el otro marrón.
— … y todo un señor. He leído todas sus cartas, con el consentimiento de mi hija, por supuesto, y es muy educado y respetuoso…
— ¿Y su semen? —reseña su compañero deslizando audazmente la ramita sobre la superficie de su labio inferior.
— También, también… nos mandó varias muestras que he analizado meticulosamente en mi laboratorio clandestino. Todo bien, todo bien… no existe pega alguna. Esta misma tarde llegará a pedirnos oficialmente la mano de mi hija. Mira —y a lo lejos se ve la hermosa silueta de la hija del campesino que se acerca hacia donde se encuentran— por ahí va. Tan bella como siempre, mi queridísima Clara, la alegría de mi casa y mi apellido. La razón de mi existencia en este mundo.

Y en ese momento un enorme rayo cae justo sobre la cabeza de la preciosa Clara Vela convirtiéndola en menos que polvo. Tras varios “Oh, oh” y “Ah, ah” de los campesinos un misil mal dirigido por parte del ejército hace explosión delante de las narices de los dos pobres hombres destruyendo todas las partes de sus no muy bien conservados cuerpos. La onda expansiva de la bomba desplaza un gran risco de la montaña que va volando y volando varios cientos de kilómetros a través de la estratosfera. En su viaje vuelve a encontrarse con viejos amigos que no veía desde el cretácico. Con algunos recuerda viejas glaciaciones y eras, con otros sólo tiene tiempo de saludarse, pero con todos los riscos de La Tierra llega a la conclusión de que no hay derecho, de que en su época se vivía mejor, que este mundo es un desastre, que qué había sido de aquellos tiempos y bla, bla, bla…

Finalmente la inmensa roca siega la vida de un joven que no es otro que un hijo bastardo de nuestro pobre y desintegrado campesino, quedando así toda su descendencia abnegada y borrada de la faz de La Tierra por una carambola indignante.

Y, sí, amigos, es una historia triste. Pero ya les advertí que esto no va a ser un camino de rosas, aquí va a haber realidad por un tubo, esto va a ser peor que la crónica de sucesos de un periódico.

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