“Los Indignados (una cuenta atrás)”, capítulo 48

CAPÍTULO 48

Tanques, humo, helicópteros en llamas que se derrumban espontáneamente sobre edificios en ruinas. Imaginen ruedas y barro, botas enormes y afiladas, gravilla, gritos sordos, disparos en todas direcciones. Este es el centro mismo del gran círculo originado por nuestra feliz explosión. El lugar más hostil, donde sólo los más indignados pueden sobrevivir. A cientos de metros de profundidad se protegen en un inmenso búnker chapado en níkel con aleaciones de titanio y cubierto por capas y capas de hormigón tensado, vibrado y armado con barras bien tochas de acero, grúas de hierro, clavos, tornillos, tuercas, chinchetas… Bien, pues, aquí se encuentran los hombres más cualificados (y también los más alarmados) del ejército (PECPA), la cúpula organizadora, los altos mandos, quienes no paran de hablar y gritarse y ordenar ataques.
— Esto no puede ser… —comenta el general Danny Stucco— Tengo a doscientos hombres estudiando el origen del conflicto y nada, no hay nada. ¿Cómo se defiende nuestra artillería frente a los vecinos rebeldes?
— Malamente, señor. Pero no por los vecinos. Dos cuadrillas han sido devoradas por un grupo de orangutanes organizados.
— ¡¿Cómo?! ¡¿Orangutanes organizados?! ¡Pero, ¿dónde vamos a parar?! Nos enfrentamos a un enemigo de mil rostros. Un enemigo posmoderno, multidisciplinar. Esta guerra va a hacer historia, muchacho… no sé quién la va a ganar, pero nosotros seguramente no –señala inteligentemente el general Danny Stucco.
— Señor, pienso que deberíamos reclutar más hombres.
— ¿Y mujeres?
— Bueno, señor… las mujeres son débiles, flojas, corren poco y pegan muy mal.
— Sí, pero… para hacer bulto.
— ¡Mandad refuerzos al sector cinco! —grita una ajetreada voz— ¡Sufrimos una ventisca polar con granizo!
— ¡Vaya! –se exalta el general– Va a tener usted razón, hemos de buscar hombres fornidos. Pero… quizá… mejor que reclutar ciudadanos podríamos aliarnos con alguien… hum… déjeme pensar… tal vez… ¡Los bomberos!
— Olvídelo, señor. El cuerpo de bomberos está como un cencerro, se les ha ido la olla definitivamente, son terriblemente violentos, no creo que haya nadie en la ciudad más indignado que ellos. Ahora están haciendo rehenes en las residencias de ancianos.
— Residencias de ancianos…
Dice el general Stucco mientras su mirada se pierde entre los destellos luminosos de las pantallas de radares, simuladores virtuales y películas pornográficas. Entonces el brillo perfecto del níkel relumbra como lo hace el sol tórrido sobre el rostro del malherido profesor de Historia Inventada en la prestigiosa Universidad de Chorizorg. Como una babosa víctima del inocente juego maléfico de dos niños, así se mueve el ilustre profesor Allen Güarren, quien apenas puede contener el dolor de la flecha. Sin embargo, en lugar de pensar en las terribles consecuencias de la herida, dice y maldice contra el mundo en que le ha tocado vivir: “Me cago en Súper… y en la madre que lo parió. Maldito mundo de locos, quieren acabar con todo el planeta de una vez, hasta que no le declaren la guerra al Sol y lo revienten todo no podrán dormir tranquilos”. De repente sus ojos se topan con dos zapatillas que culminan en unas hermosas piernas y el cuerpo de un joven que parece que estuviera esperándole.
— ¿Qué tal? —le dice el joven con ironía— ¿Me recuerda?
— ¿Eh? ¿Cómo? Ayúdame —dice el viejo Güarren con el rostro desencajado.
— Ah, ya veo, no se acuerda de mí para nada. Todos sois iguales… desde vuestros magníficos púlpitos dorados rajando como cerdos, con la boca enorme y los ojos cerrados.
— ¿Cómo? ¿Qué? Estoy herido… ayúdame, por favor…

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