“Los Indignados (una cuenta atrás)”, capítulo 45

CAPÍTULO 45

El astro rey hace su aparición por el Oeste (para despistar) enorme y poderoso. Una gigante bola de fuego naranja. Tan grande y espectacular es su ascensión que ciertos cúmulos de nubes se apartan respetuosamente para no interferir en su grandilocuencia. Es un gran dios. Rápidamente (o al menos más rápido de lo normal) sube y sube hasta llegar al cenit de nuestro querido cielo.Una vez allí, se frena, se estaciona golpeando poderosamente con rayos de fuego invisibles. Y, quizá lo peor, piensa quedarse ahí. No queda ni una nube. Su ataque ha terminado. No más rayos, ni lluvias torrenciales, ni lanzamiento de granizo. Todas han dejado paso a una nueva ofensiva más lenta pero más incisiva.

Los soldados del ejército se derriten por las calles y huyen a esconderse en centros comerciales refrigerados. Algunos perecen en el intento cuando sus botas se funden con el asfalto y quedan atrapados a merced de lagartos y serpientes.

Abajo, en las profundidades del búnker, donde los altos mandos disfrutan de refrescos combinados y masajes, la tensión no puede ser mayor. Los gritos se multiplican. Nuestro general, Danny Stucco, mordisquea un lápiz porque le gusta el saborcillo que de él se desprende. Pero, a la vez, está preocupado por el devenir de la guerra: “¿Cuánto podremos resistir semejantes ataques…? Estas guerras ya no tienen nada que ver con las de mis tiempos… Oh, recuerdo en Uagadugu, donde era una lucha honesta entre caballeros… Tú… solo… en medio de la jungla, sólo acompañado por tu fusil de repetición, en pleno mano a mano con todo negro que te encontrabas. Yo caí herido sobre el barro, con las dos piernas rotas, quemaduras en el 50% de mi cuerpo y con diarrea… ¡Pero me enfrenté a aquel grupo de negros campesinos que no se enteraban de nada! ¡Y arrasé su poblado de dos chozas y un pozo!”

— Señor ¿Ha oído al Vicepresidente hablar por la televisión?
— ¿Cómo? —dice el general Stucco que no había terminado de salir de su trance personal— ¿Qué dice?
— Digo que si ha visto al Vicepresidente por la tele.
— No —con un claro tono de desgana—, no me interesan los políticos.
— Ha dicho que está intentando localizarnos pero que comunica.
— Claro. Yo mismo lo he descolgado. No me interesa tener un moscardón pegado a la oreja diciéndome lo que podría ser, lo que quizá fuera si… lo que tal vez y en el caso de que… ¡Aquí nos importan un huevo las consecuencias de nuestras decisiones! ¡Nos pagan para tomarlas cuando nadie es capaz de hacerlo! No sé por qué me menciona estas cosas, ya sabe qué es lo que pienso de ellas.
— Perdone, señor —dice bajando la cabeza.
— Bien. Vamos a lo importante. ¿Qué ocurre con ese calor asqueroso?.
— El sol se ha colocado a las doce en punto y parece difícil moverlo de allí.
— Pero… ¿Qué hora es?
— Eh… las cuatro de la madrugada.
— ¿Sí? ¡Ahora entiendo porque no me rige bien la cabeza! Llevo tres días sin dormir.
— Bueno… No se las dé. Yo llevo una semana. Todo el mundo está igual —y el general se levanta cuidadosamente de su asiento, da una vuelta en torno al subalterno mirándole a los ojos y le pasa el brazo por la espalda.
— Je, je… Mi querido amigo… ¡¡¿Que no me las dé?!! ¡¿Que no me las dé de qué?! ¡Me las doy de lo que me da la gana! ¡Estoy todo el día dándomelas de todo! ¡Soy la única persona sensata de esta puta mierda de mundo! ¡Vamos! Contacte con el cuerpo de bomberos, tengo que hablar con ellos.
— Pero… señor, ¿Los bomberos?

Y el general Danny Stucco, héroe de guerra tantas veces condecorado que no existe medalla que no posea, incluida la de oro en 20 Kilómetros marcha, ni siquiera responde a la pregunta de su subalterno, dando así por hecho que debe cumplir la orden. Se dirige al centro de comunicaciones y dice: “conexión con los bomberos para el general Stucco”, y le responden “Oh, oh”, y todos muy sorprendidos, pero obedecen.
Nuevamente sentado en su sillón mordisqueando el lápiz, descuelga el teléfono a su derecha.
— Hola… Buenas… Buenas lo que sea. Soy el general Stucco del Pedazo Ejército de Cagarse la Pata Abajo (PECPA). Quisiera hablar con aquel que esté al mando del cuerpo.
— “Espere un momento”. “¿Sí? ¿Hola?”
— Hola… hola. Soy el general Stucco.
— “Muy bien. Yo no pienso decirle mi nombre. Si cree que lo voy a hacer lo lleva claro”.
— Vale. Llamo porque quiero hacer un trato con ustedes. Pienso que podríamos unir nuestras fuerzas para luchar contra un enemigo común.
— “Pues, está soñando. No vamos a escuchar, no vamos a dialogar con nadie”
— Pero, hombre, sea sensato, podemos llegar a un acuerdo.
— “¡¡Que no!! ¡¿Es que no me ha entendido?!”
— Pero, atienda a razones, podemos ser razonables…
— “¡Razones!” —y se oyen un montón de risas de un montón de gente al otro lado del auricular— “¡No creemos en la razón! ¡Somos unos románticos revolucionarios pasionales! ¿Me oye? Estamos estudiando a Delacroix y Nietzche… Sólo escuchamos Wagner… Mis chicos y yo estamos esculpiendo rostros desgarrados, exaltaciones del espíritu y alegorías del Vacío, la Oscuridad, la Vanitas de este mundo, el tempus fugit y cosas por el estilo… ¡¿Le ha quedado claro?!” —y tras esto el bombero cuelga.

Entonces nuestro general emite un gran berrido a lo: “Ah”. Las paredes del búnker tiemblan. Los gritos cesan, incluso los radares y sensores dejan de funcionar. Toda persona o máquina queda verdaderamente impresionada por el enorme grito de Stucco, sin duda aprendido en la selva africana. A continuación y a un volumen parecido exclama: “¡¡Declaro la guerra al sol!!”.

Leer más capítulos de “Los Indignados (una cuenta atrás)”.
Acerca de “Los Indignados (una cuenta atrás)”.