“Los Indignados (una cuenta atrás)”, capítulo 46

CAPÍTULO 46

En la sala de prensa del Parlamento millones de ansiosos periodistas afilan sus sables y secan sus barbillas de babas. En un momento entrará en escena para compadecer el Vicepresidente del Gobierno, quien ha tenido que asumir el mando ante el trágico accidente del Presidente. Escoltado por dos cuervos, hace su aparición vestido muy elegantemente a la moda actual de los políticos: bermudas, camisa veraniega de palmeritas y un trozo de cuerda de tender la ropa por corbata.
— Señores… señores… calma, calma. Les ruego un poco de calma. Sé que son momentos difíciles, pero por eso mismo hemos de ser sensatos. Soy consciente de que no paran de caer bombas, de provocarse incendios, de producirse asesinatos, de que el tren va con retraso… pero, si por algo se caracteriza un buen ciudadano es por su saber estar, su templanza y su raciocinio. También sé que la situación es alarmante, que todos estamos muy alarmados. Sin embargo, quiero que sepan que estamos trabajando para solucionar el conflicto. De hecho, al principio sólo éramos treinta estudiando el problema, pero ya somos doscientos cincuenta y tres, y dentro de nada, llegaremos a superar los quinientos. Nuestros objetivos se centran en llegar a la nada despreciable cifra de cinco mil. Básicamente estamos todo el día reunidos hablando, tomando café y viendo fotos porque leer es muy aburrido. Yo mismo he supervisado uno a uno todos los informes de mis asesores para que sólo contengan fotografías y dibujitos. Quiero que toda la nación sepa que no paramos de hacer balances, estadísticas, registros, castillos de naipes y circuitos de fichas de dominó. He contratado en persona un cuerpo especial, altamente cualificado, que está elaborando día y noche lámparas de palillos. Dudo mucho que ningún gobierno jamás antes haya tomado tantas decisiones, iniciativas, proyectos, objetivos… y todas esas cosas. Dentro de poco vamos a configurar un gabinete que se encargará de buscar palabras nuevas para todo eso. De hecho, estamos trabajando para crear un nuevo idioma menos agresivo y más amable. Todo lo que pueda hacer por mi pueblo es poco —y se seca el sudor de la frente tras recibir una calurosa ovación—. Bien, si tienen alguna pregunta que formularme la responderé encantado, siempre y dentro de los límites que mi inteligencia me permita.
— Nuestro país vecino está muy alarmado porque está sufriendo daños sin haber participado en el conflicto, exigen medidas para que concluyan de inmediato. ¿Cuál es la postura del Gobierno respecto a esta situación?
— Bien… esto… —fuera de los micrófonos, al oído de su asesor— apunta lo de “postura”. Tenemos que tomar un montón de posturas… —y ahora de nuevo con sonrisa frente a las cámaras— Pues, es muy sencillo, tenemos varias posturas al respecto. En primer lugar nos importa muy poco cualquier país que no sea el nuestro… esto es lógico. Segundo: si tanto les preocupa, que se metan en el conflicto, tiren unas cuantas bombas y nos manden hombres para tomar medidas y buscar soluciones.
— ¿Han establecido contactos con el ejército?
— No. Llevamos varias horas llamando. Comunica. Pienso que se han dejado el teléfono descolgado.
— ¿Son ciertos los rumores que corren de que usted se ducha desnudo?
— ¡¡No!! —y aquí el señor Vicepresidente pierde de repente los papeles, entra en cólera, se pone rojo, los ojos se le inyectan en sangre— ¡¡No!! ¡¡Es falso!! ¡Eso son calumnias! ¡Morralla! ¡Basura ficticia producto de la mente de algún desequilibrado! ¡¡No soy un pervertido!! ¡¡Nooo!! ¡¡Aaahhh!! ¡¡Nunca he afirmado que me gusten los niños!!

Tras un escalofriante silencio en la sala, el Vicepresidente la abandona torpemente, golpeándose y tropezándose con varias cosas al mismo tiempo, cayendo al suelo en tres ocasiones (dos de bocas y una de culo) en apenas un par de metros. Al otro lado de la puerta le dice al oído a un sicario de los que suelen acompañarle: “Cierra todas las puertas. Gasea la sala inmediatamente”, y apretando los dientes: “Que no quede nada con vida”.

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