“Los Indignados (una cuenta atrás)”, capítulo 44

CAPÍTULO 44

Bajo la terrible dictadura de nuestra gran bola de fuego prácticamente han desaparecido las emboscadas de los vecinos, los asaltos de los bomberos, las andanzas de los animales del zoológico y la investigación de la policía. Todo se encuentra paralizado o, mejor, ralentizado por las altas temperaturas que el Gran Dios ha impuesto con tiranía desde hace un par de días. De repente, aquí, un barril de NAPALM estalla espontáneamente; luego, allí, un hombre salta desquiciado por una ventana.
Entre llamas y humo caminan el abuelo pantufla y su nieta. Éste está muy animado y ágil gracias a las altas temperaturas, acostumbrado como suele a estar siempre muerto de frío cargado de jerséis de lana y bufandas. Se puede decir que es él quien lleva a su joven nieta del brazo. Ella sigue siendo presa del insoportable calor. Con sus lindos ojillos llorosos alcanza a ver una mancha en el ondulante cielo que se desplaza a gran velocidad. “Mira”, llega a decir a su abuelo. Y ambos observan la enorme bomba de Hidrógeno que el PECPA acaba de lanzar en dirección al Sol.

— Abuelo —dice ella— ¿Por qué somos así los seres humanos?
— La Humanidad no tiene remedio. No hay salvación. Terminaremos destruyéndolo todo… eso si no viene antes El Repartidor de Collejas y pone justicia el día de la Gran Hostia Final. Sólo Súper puede salvarnos de ese momento. Quizá sea un escarmiento para el hombre y vuelva a sus orígenes, que siempre, siempre, van a ser mejores que nuestro tiempo actual.
— Pero… ¿Tú crees que Súper existe?
— Sí, cariño… Claro que existe, lo que pasa es que a lo mejor nos tiene un poco abandonados. Ya sabes que Súper está en toda la Galaxia y ahora mismo puede que se esté preocupando más de otro planeta.
— ¡¡Mira!!, ¡¡Oh, No!! –grita la deliciosa Delicia mientras contempla estupefacta un autobús de la línea 44 desbocado y en llamas colisionar contra una vivienda de protección oficial.

La historia es que entre las gentes del pueblo llano, los ciudadanos normales y corrientes que de algún modo se habían visto involucrados en este indignante conflicto, se estaba cociendo una idea a fuego lento. Hablamos del pueblo en general, pero en realidad todo estaba muy motivado y manejado por el amplio grupo de vecinos indignados: los rebeldes. Las viejas creencias religiosas que colocaban a Súper como único y mega dios estaban desmoronándose ante los hechos. Todos coincidían en señalar que Súper les había abandonado ante la adversidad, o peor, la había provocado él mismo. Así, entre los múltiples nuevos escépticos y agnósticos, sensibles a adoptar cualquier otra creencia que supliera satisfactoriamente la anterior, surgieron nuevas propuestas. Algún desafortunado quiso ofrecer culto al sol, pero no había otro en esos momentos que les estuviera tratando peor, así que la idea no prosperó. La que sí prosperó (¡y vaya si lo hizo!) fue la que se le ocurrió a algún avispado y sin embargo no muy original. Este individuo, o tal vez estos individuos, se dedicó (muy alarmado) a divulgar por las calles una profecía que hablaba de que un día llegaría El Indignado, que traería la paz y todo eso…
A pesar de que ya hubo varios listillos que quisieron subirse al carro atribuyéndose esta característica, todos fueron ignorados porque no había pasado ni una semana, y estas cosas requieren un poco más de tiempo. En efecto, la mayoría reconocía poco después que sufría una crisis de personalidad y ganas de protagonismo. Incluso el Vicepresidente tuvo la ocurrencia de decir que era él. A ello le siguió un carrusel de risas tronchantes y desternillantes que terminó con un nuevo gaseo en la sala de prensa.

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