“Soliloquio del abandono”, por Martín Epstein

Perfil: Martín Epstein

Juro que le oí decir que volvería rápido. Pero nada más. El bache etílico en el que había caído y los latidos de la noche martillando mi cabeza no retuvieron nada más. “Ya vengo”, dijo. O “enseguida vuelvo”. Algo así. Estoy convencido de que aseguró que volvería en unos instantes. ¿O dijo “en dos minutos estoy de vuelta”? No importa cómo lo dijo, sólo que se sería algo inmediato. Un retorno inmediato. Estábamos en la cama. La botella de whisky que había acompañado nuestras conversaciones estaba casi vacía, apenas le quedaban unos suspiros, unos vapores de lo que había sido. El cenicero, en la mesa de luz, estaba repleto de colillas retorcidas… ¡Eso es! Ella se incorporó, algo torpe por el whisky, y dijo que no quedaban cigarrillos. “Ahora vengo”, dijo; sí, estoy seguro. Lo dijo mientras se ponía los pantalones (que le hacían un culo de exposición). No, en realidad dijo: “En dos minutos estoy de vuelta”, y lo dijo mientras se ponía una de mis remeras. Yo estaba tumbado en la cama revuelta. Era una de esas noches de verano en las que la humedad es reina y señora. “Ya vengo”, como un hilo que se deshacía, fatigado, antes de llegar a mi conciencia adormecida. Habíamos visto una película y luego nos tiramos en la cama a soportar como podíamos el calor infernal. “No tardo”, aseguró mientras se calzaba las zapatillas; sus ojos oscuros detrás del humo rancio que pesaba sobre la habitación. La había conocido en un ciclo de cine iraní, yo había ido por casualidad, un amigo me pidió que lo acompañara con la promesa de que en esos ciclos había pique; así me lo dijo: “Hay mucho pique, muchas minas que están de vuelta de toda la histeria de esta ciudad”. Y yo estaba bastante necesitado, hacía un año y algo más que masticaba una soledad exagerada. “Ya vengo”, desprendieron sus labios mientras se arreglaba el pelo moreno con las manos. Al principio, nos limitábamos a unos fugaces encuentros sexuales en los cuales me sentí inhibido por su experiencia despreocupada. En algún momento –es difícil precisarlo- la miré de otra forma, esperaba sus llamados con una ansiedad desconocida, vigilaba los movimientos de su cuerpo infinitamente libre. “En un abrir y cerrar de ojos estoy de vuelta”, dejó volando en la habitación, mientras cerraba la puerta. ¿O dijo “ya vuelvo”?. Fue la última vez que la vi.

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